Jordi estaba muy cabreado con su jefe, pero más le valía no rechistar: para dos meses de trabajo al año que le permitían costearse la matrícula en la universidad, preferible guardar silencio. Si había algún extra no remunerado, siempre le tocaba a él. Los veleros de la clase Hobie Cat reposaban alineados sobre la arena, mientras que las piraguas, de un color naranja vivo, las había colocado verticalmente apoyando las quillas sobre el acantilado dentro del recinto donde se hallaba la caseta del negocio. Pero aquella noche sería la del eclipse, y al imbécil de su jefe se le ocurrió que obtendría unas ganancias sustanciosas si alquilaba los hidropedales hasta la medianoche, aunque no contase con autorización para ello. Los socorristas se habían ido a su hora de la playa, por lo que Jordi se temía que quizá le tocara en algún momento tener que suplantarlos, porque a medida que se acercaba el crepúsculo, la afluencia de gente aumentaba. Por allí unos surfistas, más acá dos chiflados montando un telescopio, niños jugando a la pelota, padres con prismáticos, parejas y grupos con vasos de un litro llenos de cócteles cuyos colores parecían fosforescentes con la puesta de sol, adquiridos, como él había hecho con su botellín de cerveza, en el Rompeolas: un antiguo merendero sobre la parte baja del acantilado, desde el que podía descenderse a la arena por una escalerilla de madera. En el interior del Rompeolas se veía un hacinamiento desconocido, como en la playa a esas horas. Jordi dio un sorbo del botellín abstraído en el vuelo de una cometa que pretendía imitar a Batman.
Alberto y Fran se habían aburrido de buscar olas sobre las que cabalgar con sus tablas. Qué ganas tenían de viajar a California, a Hawaii o a alguna playa del norte, en el País Vasco, por ejemplo, donde encontrar unas olas decentes, aunque no lograran un tubo. Fran se ajustó su lycra y, durante unas milésimas de segundo, un escalofrío le recorrió la espalda: ¿era una señal, un pálpito de malos augurios en la inminencia de un peligro indefinible o la necesidad del neopreno en aquel atardecer fresco? Los últimos rayos de sol se habían extinguido. Fran se incorporó mirando al horizonte, por donde la Luna, casi llena, haría su aparición antes de irse ensombreciendo. ¿Dónde estarían Germán y Lola?, ¿es que pensaban contemplar el fenómeno sobre la moto de agua del joven? Si fuera así, poco eclipse verían teniendo en cuenta la forma de conducir de Germán. ¿Y en qué momento habían desaparecido de la playa Mila y Tomás?, porque cuando ellos salieron del agua nadie permanecía custodiando sus pertenencias, una temeridad que llevó a Alberto a una demostración de su rico vocabulario de exabruptos. Un resplandor anaranjado comenzó a teñir el horizonte, el mar que se extendía por levante. Por fin, por fin la Luna se alzaba para exhibirse ante los espectadores allí congregados. Hubo gritos que provenían del Rompeolas, aplausos en la arena, balones que dejaron de rodar, personas con prismáticos que se metían unos decímetros en el agua como si de ese modo se aproximasen de manera significativa al satélite para contemplarlo desde más cerca. Alberto se puso en pie y, echándole el brazo derecho por el hombro a Fran, señaló con el izquierdo la aparición del astro vecino, a lo que este asintió con la cabeza, mientras, a su vez, le indicaba a su amigo surfista el movimiento de una moto acuática dejando una estela de espuma que se retorcía igual que una serpiente con las curvas alocadas: Germán con Lola, sin prestar atención a los prolegómenos del eclipse.
Mila y Tomás se habían retirado hacia las dunas, a unos quinientos metros de allí, en la linde del pinar donde podrían entregarse a sus juegos amorosos a la espera del eclipse. Tras despojarse de sus ropas, estuvieron retozando unos minutos en una hondonada entre las dunas, aislados del mundo, al menos eso creían ellos, pero el pulular creciente de los mosquitos los decidió a acelerar la consumación. Por poco se frustra el acto, porque Mila deseaba que la penetrase por delante, al contrario que Tomás a quien le apetecía un coito acariciando sus nalgas, un coito vaginal, eso sí, pero por detrás. Por fin la joven accedió y, poniéndose a cuatro patas, recibió los empellones de su amante, mientras maldecía por tres motivos: el escarabajo que pasó sobre su mano derecha, los palmetazos, que no caricias, que le propinaba Tomás, y los jadeos crecientes de otra pareja que se encontraría en un lugar cercano, tal vez detrás de uno de los pinos que se hallaban a escasos metros de su hondonada arenosa. ¿Y el eclipse de Luna?, le preguntó entre embestida y embestida. Que le den por culo a la Luna. ¿No te estoy eclipsando yo a ti bien el coño? Pues confórmate.
Aún quedaban tres hidropedales en el mar. Quienes los habían alquilado se lo estaban pasando bien. Jordi no entendía que los adultos se divirtieran como niños pequeños, deslizándose por los toboganes hasta caer al agua con un chapuzón al parecer irresistible. Dio otro sorbo de cerveza antes de mirar a los del telescopio esforzados en estabilizar el aparato sobre una de las rocas que formaban la avanzadilla del acantilado sobre la arena, desprendiéndose alguna que otra todos los años. Las luces de un mercante y de varios pesqueros comenzaron a adquirir un tono rojizo. Y es que aquella Luna, recién emergida del horizonte, no era la Luna de plata o de queso de la que hablaban poetas y narradores, no: se trataba de una bola sanguinolenta, de un naranja sucio, casi amenazador, que subía por el cielo ya libre de las nubes que lo salpicaron a primeras horas de la tarde.
Alberto había comprado en el Rompeolas dos daikiris de zumo de naranja, porque tanto Fran como él los preferían así y no de limón. Al levantar los vasos de plástico, vieron que el tono era muy similar al de la Luna, al del satélite que empezaba a mostrar una dentellada de sombra, una muesca de oscuridad que la devoraba poco a poco. Dónde se encontrarían Tomás y Mila, iban a perderse el eclipse, por no hablar de los daikiris, que estaban deliciosos. Qué pesados aquellos dos, siempre follando, sin pensar en otra cosa hasta el punto de que abandonaron sus propias tablas y las de sus amigos, junto con el resto de pertenencias, sin importarles que les robaran.
Tomás, tras finalizar su cabalgada, se derrumbó sobre Mila, quien, a su vez, quedó aplastada sobre la arena. La joven protestó porque no podía casi respirar con aquel peso muerto encima, pero su pareja no tenía ganas de moverse. Espera un poco, mujer, que esta penetración ha sido agotadora, en unos minutos descabalgo. En unos minutos nos perdemos el eclipse. La voz de Mila se oía deformada por la presión de su rostro sobre la arena. Que le den por culo a la Luna y a todos los jodidos satélites.
Jordi seguía cabreado. Aún quedaban dos hidropedales sobre el agua, por lo que su único entretenimiento consistiría en dar sorbos a la cerveza y observar a los reunidos en la playa. Los del telescopio daban gritos de admiración elevando los brazos al cielo como si agradecieran a Dios su deferencia por regalarles aquel fenómeno. Desde luego, llamaba la atención: la Luna estaba a punto de desaparecer engullida por una oscuridad que se extendía sobre ella como una peste sideral. ¿Y ahora qué? Se adivinaba la presencia del satélite, pero de aquel anaranjado sucio no quedaba ni rastro. Todos expectantes, todos como conteniendo la respiración. Y justo cuando un destello brilló por donde había recibido la primera dentellada, un ruido ensordecedor hizo que todos se estremecieran. ¿Una explosión? ¿Qué había pasado? Jordi se acercó corriendo hacia la espuma que dejaban las olas al morir: una moto de agua había chocado contra uno de los hidropedales. No, si al final siempre le tocaban a él los marrones. Los alaridos de dolor eran bien audibles. ¿Cuántas personas gritaban?, ¿una, dos, más?
Alberto y Fran quedaron paralizados con sus daikiris a medias. Sabían que la moto acuática de Germán y Lola había tenido un accidente, grave, con seguridad, un impacto contra una roca u otra embarcación. No apostaban nada por las vidas de sus amigos, como mal menor quedarían parapléjicos, pensó Fran. Ya nunca irían a coger olas ni a California, ni a Hawaii ni a Australia.
Mila intentó reptar sobre la hondonada para salir de debajo de Tomás, pero este era muy pesado para ella. Solo un momentito más, mujer, solo un momentito, que aún tengo la polla tiesa ahí metida. No puedo respirar. Claro que puedes. ¿Y el eclipse? El eclipse ya ha terminado, hay más luz, mucha luz. Pues quiero verla, quiero ver la Luna iluminándose. Que le den por culo a la Luna.
La gente corrían de un lado para otro en la playa. Los móviles sonaban. Se oyó una sirena a lo lejos, de la policía o de una ambulancia. Los hacinados en el Rompeolas se apresuraban a bajar a la arena para saber lo que sucedía. El protagonismo se lo llevaba el morbo, la sombra de la muerte eclipsando a cuerpos destrozados sobre los vaivenes de las olas.
La Luna había recuperado ya la mitad de su rostro. Y era un rostro blanco, de tiza, con esa palidez propia de los cadáveres.
jueves, 25 de agosto de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
Fin del mundo
De nuevo fallaron las predicciones que anunciaban el fin del mundo: ni multimillonarios ociosos, como en este caso, ni augures de pacotilla, ni siquiera intérpretes de textos o iconos abstrusos legados por profetas muy reconocidos o por civilizaciones misteriosas, que por esta circunstancia, ser misteriosas, adquieren mayor credibilidad, han acertado en sus vaticinios. O a lo mejor sí, tal vez hemos muerto ya todos y no nos hemos enterado, porque si existen universos paralelos podrían existir también ramas divergentes del tiempo, como si este se ramificara al igual que hacen los árboles al crecer. Esto se traduciría en que ya somos todos cadáveres en una de esas ramas, pero, imitando a pajarillos traviesos, supimos saltar a otra abandonando nuestros despojos en aquella línea temporal que sufrió la hecatombe responsable del fin del mundo, al menos de ese mundo cuyas cenizas se habrán desvanecido en un espacio y un tiempo que ya nunca visitaremos. No hay mal que cien años dure, desde la perspectiva de la historia de un individuo, siempre y cuando no se sea muy longevo, pero las situaciones se repiten para los que heredan o no abandonan esa rama de la realidad en donde el fin del mundo no llega nunca. Sin ir más lejos, podemos citar nuevos terremotos destructivos, otro volcán en Islandia amenazando el espacio aéreo, más balconing al acercarse el verano. Lo del balconing se las trae teniendo en cuenta que la solución ideada por los hoteleros de las Baleares, para remediar tan peligrosa práctica, consiste en alojar a los sospechosos en primeras plantas con vistas a las piscinas al objeto de disminuir el riesgo de cráneos destrozados por culpa de la distancia a la diana. Por lo visto a nadie se le ocurrido pensar en el “efecto llamada” que supone la decisión de ponérselo más fácil a dichos descerebrados (algunos lo serán literalmente). Parecía más lógico alojar a estos adictos al alcohol, al cannabis, a las anfetaminas y al riesgo, en habitaciones sin vistas a ninguna piscina para evitar la tentación. Porque una cosa es zambullirse en el agua en plan bomba y otra suicidarse dejándose los sesos sobre un suelo de cerámica, una fuente mármol o un cántaro de diseño. Digo yo, porque los muy animales a lo mejor ya saben que se puede saltar en el último momento, como pajarillos traviesos, a otra rama temporal dejando la carcasa anterior, a modo de camisa de serpiente desechada, en un patio de un hotel de Ibiza. Sus padres, atrapados en la anterior rama del tiempo, que se jodan, por ignorantes: que aprendan a saltar como pajarillos hasta un hotel de otro universo. Porque me da la impresión de que, sea el universo que sea, no hay hoteles gratis.
jueves, 5 de mayo de 2011
El consuelo de los tontos
En el mes de marzo supimos que España era el primer país europeo en número de consumidores de cocaína, y uno de los primeros del mundo, no muy lejos de Estados Unidos, circunstancia de notable significación si se comparan las poblaciones. Pero pronto se puso en duda el dato del que se hizo eco la prensa: al parecer no estaba del todo claro que España superase al Reino Unido en la cantidad de cocainómanos, por lo que quizá retrocediésemos un puesto en tan destacado ranking. Este hecho recuerda al informe Pisa, según el cual nuestra población de estudiantes no termina de adelantar posiciones, especialmente en lo referido a algunas materias consideradas como la base de la sociedad del futuro, esa que ya se denomina del conocimiento: hablo de las matemáticas y de las ciencias en general. Pero hay países que están peor que nosotros, faltaría más, en donde los estudiantes no saben hacer la o con un canuto, tal vez porque la o no figura en su alfabeto o porque los canutos los emplean para otras cosas, como algunos de por aquí. El consuelo de los tontos, sin duda: no somos los primeros en consumir cocaína ni los últimos en sumar polinomios. Eso sí, somos campeones en paro. Por desgracia, no existe consuelo, ni siquiera el de los tontos, que nos ayude a sobrellevar todo lo que tal liderazgo implica.
lunes, 14 de febrero de 2011
Pirata
Tengo un amigo que trabaja en Asuntos Sociales atendiendo a las personas que desean presentar una solicitud para que evalúen su grado de minusvalía. A muchas de tales personas les surgen dudas cuando van a rellenar el impreso o en relación con los documentos que deben aportar. No hace mucho se sentó ante su mesa un individuo muy peculiar: rapado en apariencia, pues se cubría con un pañuelo al estilo pirata, de ojos azules y barba rubia, con varias cicatrices cruzándole el rostro, carente de mano izquierda, en cuyo lugar exhibía un apéndice biónico al igual que en su pierna derecha de la rodilla hacia abajo. Pero lo más sorprendente de aquel tipo no era su aspecto sino su modo de hablar, vaya, más bien el desparpajo con el que se dirigió a mi amigo para que le ayudase a perpetrar sus intenciones. Buenos días, me llamo Steve Leclerc, señor... Braulio, dijo leyendo el nombre de mi amigo que se exponía junto a un abrecartas encima de la mesa. Verás, vengo a que me ayudes a rellenar este endiablado impreso, tuteó sin contemplaciones en un buen castellano, pero con un acento cuyo origen mi amigo no supo determinar, porque hay que ver lo difícil que resulta entender las instrucciones que se dan en los impresos de este país, y que conste que yo soy español, eh, se me concedió la nacionalidad hace cinco años, aunque nací en Kenia para luego... para luego recorrer medio mundo por esos mares de Dios... Lo que te decía, Braulio, creo que debe corresponderme un grado de minusvalía superior al 65%. Bueno, señor Leclerc, replicó mi amigo manteniéndose al margen del tuteo con la esperanza de que el otro retomase la senda del formalismo burocrático, ignoro las argumentaciones y los documentos que usted va a presentar, pero, en todo caso, no me compete a mí la decisión sobre su grado de minusvalía. Lo comprendo, Braulio, pero reconocerás que faltándome una mano, la movió ante sus narices, la mitad de una pierna, se puso en pie para subirse el pernil derecho y mostrarle el dispositivo biónico, y un ojo, introdujo unos dedos de titanio, o del metal que fuera, por los bordes de los párpados, de un modo que a mi amigo le dio una grima espantosa, para extraer un globo ocular de vidrio que sonó en la mano del señor Leclerc como una canica que cayese rebotando sobre la tapa de hierro de una alcantarilla, no estoy para muchas alegrías, porque apenas me valgo por mí mismo y mi señora bastante tiene con hacer la..., con trabajar de sol a sol todos los días, comentó, sentándose de nuevo, sin aclarar a cuál de los intervalos entre los dos soles se refería. Steve Leclerc colocó el ojo junto al abrecartas. Concretemos, dijo mi amigo apartando la vista de la cuenca vacía, como una gruta sanguinolenta que no invitaba en absoluto a la exploración, hay otros ciudadanos que requieren nuestro servicio y no tenemos toda la mañana... Eso es verdad, Braulio, que no quiero parecerme a mi padre, siempre contando batallitas de aquí y de allá, porque mi padre, que era belga, se las traía, y mi madre, nacida en Escocia, también, aventureros los dos, siempre en busca de fortuna por esas selvas, y claro, así he salido yo, pirata en el Índico durante más de veinte años, lo que no me sirvió para hacerme rico, que conste, sino para perder un buen porcentaje de mi cuerpo, y si no fuera por la comprensión, la comprensión y las leyes, dicho sea de paso, de este benéfico país, no hubiese paliado mis deficiencias con estos dispositivos mecánicos, volvió a mover la mano metálica, porque gracias a que me concedieron el asilo político cuando huí de Somalia, hará ya cerca de quince años, pude sobrevivir en condiciones aceptablemente dignas; ¿conoces cómo son las cárceles en Somalia? No, señor Leclerc, pero, repito, procure no divagar y hágame sus preguntas de la manera más precisa posible. Enseguida, Braulio, enseguida, ya sé que un buen funcionario es el mejor profesional que necesita cualquier país, y lo sé porque yo también me considero un profesional de categoría en mi sector, no como esos piratas somalíes de ahora que van a lo fácil, unos pipiolos asaltando atuneros a punta de metralleta, aprovechándose de la provisionalidad de unos gobiernos o de la cobardía de otros que no se atreven a infringir las leyes internacionales que regulan la navegación y asuntos parecidos... Yo sí que me la he jugado, amigo Braulio, menos mal que me acogieron en España y que tuve la suerte de que unos médicos me eligieran para experimentar estos apéndices biónicos sin que a mí me costara ni un solo euro. Así que eso fue con cargo a la Seguridad Social, murmuró mi amigo olvidándose de que llevaba diez minutos atendiendo a aquel tipo. Claro que sí, ya te dije que soy pobre a pesar de mis años de pirata, pero no pienses que no he cumplido con la justicia, porque bastante sufrí en el presidio de Somalia. Que acabé con la vida de unos cuantos, de acuerdo, que no pude resistirme a violar a algunas decenas de jovencitas, como las que navegaban con sus familias en un yate de lujo no muy lejos de las islas Maldivas, no lo niego, pero todo fue por una buena causa: la lucha contra las clases opulentas que controlan el capitalismo, porque el capitalismo tiene la obligación moral de devolvernos lo que nos ha robado, ya sea a personas o a países..., y a eso vengo yo, a que me devuelva algo, si no es posible un ojo por lo menos una paga mensual, un subsidio que compense tanta desgracia: de las muertes y las violaciones también tiene la culpa el capitalismo descarnado que impregna el mundo. Me conformo con un 70% de minusvalía. No es que quiera cuestionar sus razonamientos, señor Leclerc, pero, ¿no le parece que el estado español se ha gastado ya bastante en usted como para que continúe exigiendo más ayudas, sobre todo si se tiene en cuenta que lo salvaron en su día concediéndole el asilo político?, preguntó Braulio omitiendo exteriorizar las últimas palabras que pensó: sin merecerlo, asesino y violador. Esto no es un asunto que se sustancie en la lógica o los sentimientos, amigo mío, sino en las leyes: que te asiste el derecho a pedir más, pues lo pides y punto, que para eso tiene uno la nacionalidad española y, además, un ciudadano de la Unión Europea no debe rendirse nunca al desánimo: si se renuncia a la legítima aspiración de alcanzar la sociedad del ocio, estaremos ya para siempre a merced del capitalismo. ¿Sociedad del ocio o sociedad del vicio?, inquirió mi amigo que ya empezaba a cabrearse. Da igual, Braulio, ¿o es que aún no te has enterado de que los vicios ahora se llaman adicciones, dignas de conmiseración y tratamiento terapéutico, que exculpan de cualquier responsabilidad, y de que el ocio, en su máxima expresión, se fundamenta en esas adicciones creadoras de empleo, ya sea sumergido o visible? Vale, dijo derrotado mi amigo, ya que no termina de concretar sus dudas, si le parece comenzamos por consignar sus datos..., Steve Leclerc, ¿verdad? Sí. ¿DNI o tarjeta de residencia? Oye, Braulio, en profesión pones pirata retirado, retirado, eh, como los militares, que yo me considero un militar con mutilaciones sufridas en acto de servicio a lo largo de dos décadas. No es preciso mencionar la profesión. Lo digo por si lo fuera, Braulio, aclaró rascándose el cogote con la mano mecánica.
jueves, 20 de enero de 2011
Crisisantemos
Durante el último día de difuntos se vendieron menos flores, como consecuencia de la crisis, claro. Las de plástico no se marchitan y, por otra parte, la lluvia se encarga de limpiarlas, lo que ahorra bastantes visitas al camposanto. El pragmatismo y la economía se imponen hasta en este tipo de asuntos. Si en las lápidas se prescindiese de epitafios y demás retórica referente a los familiares, sustituyendo de paso el nombre del fallecido por un número, como por ejemplo el DNI, gastaríamos menos en marmolistas, que ya cobran bastante por inscribir, a menudo con faltas de ortografía, los apellidos del muerto.
La incineración no representa muchas ventajas, en lo que a coste se refiere, con respecto a la inhumación, pues, aunque el familiar no esté obligado a la compra de un columbario para depositar la urna, el proceso encarece las pompas fúnebres si no se dispone de un seguro. Aunque hay gente que guarda en un armario empotrado varias urnas: con las cenizas de su esposo, de su padre, de su suegra, de una hermana y hasta de un perro muy querido, siempre que se rechace contaminar las aguas de un río, de una bahía o del embalse que abastece de agua a la población con los restos carbonizados. Incluso no faltará quien, presa del desvarío, cultive en dichas urnas, mejoradas las cenizas con algo de tierra del lugar, unos geranios, petunias y hasta crisantemos, las flores más apropiadas a juzgar por las preferencias de la mayoría (su parte de culpa tendrán los japoneses).
No están los tiempos para exequias de lujo, por más que algunas funerarias ofrezcan a sus posibles clientes probar los ataúdes, acolchados y guarnecidos con materias nobles, como si fuesen esos canapés de salmón que puedes degustar en una gran superficie, tomándolos de una bandejita con la que te aborda una joven con un atuendo típico de Noruega y unas tetas generosas asomando por su escote. ¿Cuál es su talla, caballero?, disponemos de todo tipo de medidas, desde la L a la XXL; ni de sobra ni encogido, que un cadáver también merece yacer a gusto: si pudiera apreciar la comodidad lo agradecería, ¿no cree? Sí creo, aunque no tanto en el valor de la extravagancia, en esos negocios basados en el estudio de tendencias, en las modas que se avecinan, que terminarán martirizándonos con despedidas de solteros donde unos vampiros sátiros pretenderán chuparnos hasta la última gota de sangre y, lo que es peor, hasta el último céntimo. Hay muchas cosas superfluas, repugnantes o simplemente prescindibles cuya omisión nos permitiría ahorrar un poco, por ejemplo las despedidas de solteros ya citadas, con o sin vampiros sátiros (o vampiresas ninfómanas). Para entretenernos resulta más barato cultivar crisantemos en una maceta de las de verdad, pensando en el próximo día de difuntos, subir a un monte sin la ropa ni el material deportivo recomendado, o pasear por un parque, como hacían nuestros abuelos, que no les daban la lata a nadie con el botellón, ni con luchas callejeras, ni con el claxon de un coche haciéndote correr por un paso de cebra. Y no necesitaron más estímulos para parir a nuestros padres.
La incineración no representa muchas ventajas, en lo que a coste se refiere, con respecto a la inhumación, pues, aunque el familiar no esté obligado a la compra de un columbario para depositar la urna, el proceso encarece las pompas fúnebres si no se dispone de un seguro. Aunque hay gente que guarda en un armario empotrado varias urnas: con las cenizas de su esposo, de su padre, de su suegra, de una hermana y hasta de un perro muy querido, siempre que se rechace contaminar las aguas de un río, de una bahía o del embalse que abastece de agua a la población con los restos carbonizados. Incluso no faltará quien, presa del desvarío, cultive en dichas urnas, mejoradas las cenizas con algo de tierra del lugar, unos geranios, petunias y hasta crisantemos, las flores más apropiadas a juzgar por las preferencias de la mayoría (su parte de culpa tendrán los japoneses).
No están los tiempos para exequias de lujo, por más que algunas funerarias ofrezcan a sus posibles clientes probar los ataúdes, acolchados y guarnecidos con materias nobles, como si fuesen esos canapés de salmón que puedes degustar en una gran superficie, tomándolos de una bandejita con la que te aborda una joven con un atuendo típico de Noruega y unas tetas generosas asomando por su escote. ¿Cuál es su talla, caballero?, disponemos de todo tipo de medidas, desde la L a la XXL; ni de sobra ni encogido, que un cadáver también merece yacer a gusto: si pudiera apreciar la comodidad lo agradecería, ¿no cree? Sí creo, aunque no tanto en el valor de la extravagancia, en esos negocios basados en el estudio de tendencias, en las modas que se avecinan, que terminarán martirizándonos con despedidas de solteros donde unos vampiros sátiros pretenderán chuparnos hasta la última gota de sangre y, lo que es peor, hasta el último céntimo. Hay muchas cosas superfluas, repugnantes o simplemente prescindibles cuya omisión nos permitiría ahorrar un poco, por ejemplo las despedidas de solteros ya citadas, con o sin vampiros sátiros (o vampiresas ninfómanas). Para entretenernos resulta más barato cultivar crisantemos en una maceta de las de verdad, pensando en el próximo día de difuntos, subir a un monte sin la ropa ni el material deportivo recomendado, o pasear por un parque, como hacían nuestros abuelos, que no les daban la lata a nadie con el botellón, ni con luchas callejeras, ni con el claxon de un coche haciéndote correr por un paso de cebra. Y no necesitaron más estímulos para parir a nuestros padres.
sábado, 18 de diciembre de 2010
Pintas
La casa de los padres de Bokerónglez está en una zona de Málaga que se denomina Atabal, sobre un monte con unas vistas envidiables. Era un viernes de principios de agosto, con un aire calmado y sofocante, preludio de lo que se avecinaba: un terral, propio de estos parajes, que elevaría la temperatura acercándola a los cuarenta grados. Llegamos al chalé con una antelación de diez minutos a la hora que me indicó el falso mendigo: nueve y media. Mientras llamaba tuve la duda de si me abriría o no, porque Bokerónglez era muy suyo y lo mismo nos hacía esperar en la puerta, sudando en aquel crepúsculo bochornoso, hasta que su reloj diera el permiso necesario para entrar. Pero no: un Bokerónglez muy festivo apareció ante las dos hojas de hierro forjado en compañía de la fu... joven de la que me habló llamada Judit. No os quedéis ahí, nos dijo el anfitrión, que va a enfriarse la lasaña de calabacín con bechamel de remolacha y nueces, receta inventada por mí: espero que os guste. La lasaña, hasta ahora, siempre me ha encantado, murmuró mi mujer en un derroche de ambigüedad mientras se fijaba, no sin cierto pasmo, en la pinta que tenía Judit, aunque Bokerónglez tampoco es que fuera muy convencional en su aspecto y forma de vestir: unas chanclas con adornos que brillaban en la oscuridad, bermudas de color azul cobalto sobre el que destacaban multitud de hojas de cannabis, un pendiente en la oreja izquierda con forma de boquerón, tal vez de plata y de grandes dimensiones pues a poco que inclinase la cabeza le rozaba el hombro, y un pelado que convertía su cabeza en un casco de centurión, lo que me sorprendió ya que cuando nos vimos la primera vez no exhibía ese penacho rojo que imitaba a una media media luna (sí, digamos a un cuarto de luna). Pero Judit, que, por cierto, olía a sudor proveniente de sus sobacos sin depilar más que un albañil que no se hubiera duchado en una semana, hacía que su amigo pareciese un pijo tradicional: en pelotas la tía, aunque, para ser justos, tapase sus vergüenzas con unas pinturas que imitaban a un biquini algo... psicodélico, con un piercing en cada ceja, otro en la nariz y un tercero en el pezón izquierdo, dos tatuajes en las nalgas replicados en el vientre, una trenza azabache que le llegaba casi hasta la cintura y ojos verdes con esa mirada melancólica de los miopes necesitados de nuevas lentillas. Fea no, pero a mí las chicas sin depilar, por poco vello con que la naturaleza las haya agraciado, más bien desgraciado, no me gustan, y si a eso unimos su delgadez, más acusada incluso que la de su pareja, porque Bokerónglez no tiene ni una mota de grasa, aunque tampoco unos músculos destacables, puede decirse que la desnudez de la jovencita ni me inmutó. Venga, Miguel, me dio dos palmadas en el hombro el anfitrión, ya verás qué manjares nos esperan.
Los manjares previos a la lasaña consistían en unos canapés a elegir entre salmón ahumado con una aceitunita negra, y queso fresco de cabra, que, por lo visto, pastaba (ella con sus congéneres del rebaño) en un lugar próximo a Ronda del que no me acuerdo, con un toque de orégano y media anchoa del Cantábrico. En fin, probé uno de salmón por cortesía: los canapés los había elaborado Judit, aunque no abrí la boca mientras pensaba en la posibilidad de encontrar un pelo de procedencia sospechosa, e incluso me esforcé en descubrirlo entre el pan y el filetito del pescado noruego, porque seguro que los preparó en pelotas. Después de tragar el primer trozo le dije: excelente, Judit, muy bueno. Gracias: aproveché el par de horas que Bokerónglez dedicó a vestirme con sus pinceles para hacerlos. Ah, te pintó él... ¿podías moverte? No, solo a ratos: me puse sobre un muslo las rebanaditas y sobre el otro los ingredientes: tengo ya mucha práctica con los canapés.
Tal y como suponía: pan con salmón, aceitunas negras, queso fresco, anchoas y sudor de Judit. Descartando, sin mucho fundamento, que no incluyeran otras cosas: ¿quién sabe si minutos antes de empezar los muslos de la joven fueron manipulados por Bokerónglez mientras la penetraba? Así que también pintas casas, comentó mi mujer a unas explicaciones que yo me había perdido por mi ensimismamiento. Un poco de todo: trabajo en una empresa de decoración, jardinería, paisajismo..., pero los cabrones me pagan mil euros brutos al mes, que se quedan en poco más de ochocientos, así que me desahogo muchas noches con las pintadas. O sea, que la culpa la tienen tus jefes. Sí, mis jefes y el sistema, porque sin el sistema no habría jefes. Mi mujer intercambió una mirada conmigo como trasladándome la culpa: el sistema era yo.
Pasamos al plato principal sin que el anfitrión conectara el aire acondicionado y sin que, tal y como me temía, ninguno de los jóvenes cambiase su indumentaria. Menos mal que la lasaña estaba realmente rica, aunque no era nada convencional: en lugar de berenjena Bokerónglez utilizó láminas de calabacín frito, la bechamel no se hacía con leche sino con caldo de hortalizas, además de un jugo de remolacha y nueces trituradas, y la carne resultaba deliciosa. Tanto me gustó que le pregunté: ¿oye, a qué carnicería vas? A ninguna, todo esto lo compra mi madre, yo me limito a coger lo necesario para mis recetas, aunque sé, por lo que ponía en las etiquetas, porque mi madre pone etiquetas en las bolsas de congelados, que habéis comido una lasaña con dos tipos de carne: avestruz y canguro. Can..., can..., murmuré como un tonto. No, perro, no, canguro, ja, ja, ja... Se burló el puñetero. Avestruz no me parecía tan exótico ni repulsivo, pero canguro era harina de otro costal, lo mismo que si me dice cocodrilo que, al parecer, también está de moda. De postre sorbete: melón, sandía o coco. De lo más vulgar: agua teñida con aromas artificiales. Al término, Bokerónglez se levantó para hablar en tono solemne: ahora centrémonos en lo importante: me tenéis que seguir hasta la biblioteca que usa mi padre como despacho.
La biblioteca era magnífica, con estanterías de madera noble y labrada sin pecar de excesos barrocos, al igual que el escritorio. No exagero si digo que allí se hallaban clasificados unos diez mil volúmenes, desde incunables a enciclopedias actuales del estilo Historia de la aviación. Nos hizo colocarnos alrededor de la mesa, abarrotada de papeles, legajos y publicaciones facsímil. Entonces sumergió su mano en aquel caos, aproximadamente en el centro, para sacar, exclamando taaachín, como un grito triunfal, una moneda de dos euros, de la que ya me había olvidado. Te entrego lo que te debía, con los testigos que asisten a esta ceremonia, que conste. De acuerdo, murmuré cogiéndola mientras observaba uno de los libros que había sobre el escritorio. Bokerónglez, percatándose de mi interés, me preguntó: ¿hay algo que te llame la atención de los papelotes de mi padre? Pues la verdad es que sí, ese libro editado por el servicio de publicaciones de la Diputación me... Llévatelo, hombre, llévatelo. ¿Me lo regalaría tu padre? No lo sé, pero no se va a enterar: con la cantidad de volúmenes, de ponencias y de investigaciones pendientes que lo abruman, seguro que no se da cuenta. Pero... No se hable más, Miguel, coge lo que te apetezca. ¿Y a qué se dedica tu padre? Es profesor de historia en la universidad: siempre está liado con temas poco conocidos de sucesos, supuestamente históricos, aunque a veces son simples leyendas, que le cuentan en localidades de la provincia.
Si Bokerónglez me daba permiso, por qué no atreverse, de manera que me apoderé del ejemplar, del que me cautivó el título: EL TRIÁNGULO DE LAS TORRES, y un tocho de folios que sin duda constituían la documentación utilizada por el padre de mi... amigo.
A eso de las doce nos despedimos en la cancela de forja, a pesar de que nuestro anfitrión pretendía consumir las existencias de whisky de su progenitor, por no hablar de la ginebra y dos licores, uno de menta y otro de guindas, que fue lo único que probé (el de guindas) en dosis minúsculas: tenía que conducir, aunque, llegado el caso, mi mujer, que es alérgica al alcohol, también puede llevarme de vuelta al hogar. Al tiempo que Bokerónglez me gritaba: ya te llamaré, Judit se despedía con una mano mientras con la otra se rascaba el co... los genitales: le picarían por efecto de la pintura. La misma mano con la que preparó los canapés, seguro.
Los manjares previos a la lasaña consistían en unos canapés a elegir entre salmón ahumado con una aceitunita negra, y queso fresco de cabra, que, por lo visto, pastaba (ella con sus congéneres del rebaño) en un lugar próximo a Ronda del que no me acuerdo, con un toque de orégano y media anchoa del Cantábrico. En fin, probé uno de salmón por cortesía: los canapés los había elaborado Judit, aunque no abrí la boca mientras pensaba en la posibilidad de encontrar un pelo de procedencia sospechosa, e incluso me esforcé en descubrirlo entre el pan y el filetito del pescado noruego, porque seguro que los preparó en pelotas. Después de tragar el primer trozo le dije: excelente, Judit, muy bueno. Gracias: aproveché el par de horas que Bokerónglez dedicó a vestirme con sus pinceles para hacerlos. Ah, te pintó él... ¿podías moverte? No, solo a ratos: me puse sobre un muslo las rebanaditas y sobre el otro los ingredientes: tengo ya mucha práctica con los canapés.
Tal y como suponía: pan con salmón, aceitunas negras, queso fresco, anchoas y sudor de Judit. Descartando, sin mucho fundamento, que no incluyeran otras cosas: ¿quién sabe si minutos antes de empezar los muslos de la joven fueron manipulados por Bokerónglez mientras la penetraba? Así que también pintas casas, comentó mi mujer a unas explicaciones que yo me había perdido por mi ensimismamiento. Un poco de todo: trabajo en una empresa de decoración, jardinería, paisajismo..., pero los cabrones me pagan mil euros brutos al mes, que se quedan en poco más de ochocientos, así que me desahogo muchas noches con las pintadas. O sea, que la culpa la tienen tus jefes. Sí, mis jefes y el sistema, porque sin el sistema no habría jefes. Mi mujer intercambió una mirada conmigo como trasladándome la culpa: el sistema era yo.
Pasamos al plato principal sin que el anfitrión conectara el aire acondicionado y sin que, tal y como me temía, ninguno de los jóvenes cambiase su indumentaria. Menos mal que la lasaña estaba realmente rica, aunque no era nada convencional: en lugar de berenjena Bokerónglez utilizó láminas de calabacín frito, la bechamel no se hacía con leche sino con caldo de hortalizas, además de un jugo de remolacha y nueces trituradas, y la carne resultaba deliciosa. Tanto me gustó que le pregunté: ¿oye, a qué carnicería vas? A ninguna, todo esto lo compra mi madre, yo me limito a coger lo necesario para mis recetas, aunque sé, por lo que ponía en las etiquetas, porque mi madre pone etiquetas en las bolsas de congelados, que habéis comido una lasaña con dos tipos de carne: avestruz y canguro. Can..., can..., murmuré como un tonto. No, perro, no, canguro, ja, ja, ja... Se burló el puñetero. Avestruz no me parecía tan exótico ni repulsivo, pero canguro era harina de otro costal, lo mismo que si me dice cocodrilo que, al parecer, también está de moda. De postre sorbete: melón, sandía o coco. De lo más vulgar: agua teñida con aromas artificiales. Al término, Bokerónglez se levantó para hablar en tono solemne: ahora centrémonos en lo importante: me tenéis que seguir hasta la biblioteca que usa mi padre como despacho.
La biblioteca era magnífica, con estanterías de madera noble y labrada sin pecar de excesos barrocos, al igual que el escritorio. No exagero si digo que allí se hallaban clasificados unos diez mil volúmenes, desde incunables a enciclopedias actuales del estilo Historia de la aviación. Nos hizo colocarnos alrededor de la mesa, abarrotada de papeles, legajos y publicaciones facsímil. Entonces sumergió su mano en aquel caos, aproximadamente en el centro, para sacar, exclamando taaachín, como un grito triunfal, una moneda de dos euros, de la que ya me había olvidado. Te entrego lo que te debía, con los testigos que asisten a esta ceremonia, que conste. De acuerdo, murmuré cogiéndola mientras observaba uno de los libros que había sobre el escritorio. Bokerónglez, percatándose de mi interés, me preguntó: ¿hay algo que te llame la atención de los papelotes de mi padre? Pues la verdad es que sí, ese libro editado por el servicio de publicaciones de la Diputación me... Llévatelo, hombre, llévatelo. ¿Me lo regalaría tu padre? No lo sé, pero no se va a enterar: con la cantidad de volúmenes, de ponencias y de investigaciones pendientes que lo abruman, seguro que no se da cuenta. Pero... No se hable más, Miguel, coge lo que te apetezca. ¿Y a qué se dedica tu padre? Es profesor de historia en la universidad: siempre está liado con temas poco conocidos de sucesos, supuestamente históricos, aunque a veces son simples leyendas, que le cuentan en localidades de la provincia.
Si Bokerónglez me daba permiso, por qué no atreverse, de manera que me apoderé del ejemplar, del que me cautivó el título: EL TRIÁNGULO DE LAS TORRES, y un tocho de folios que sin duda constituían la documentación utilizada por el padre de mi... amigo.
A eso de las doce nos despedimos en la cancela de forja, a pesar de que nuestro anfitrión pretendía consumir las existencias de whisky de su progenitor, por no hablar de la ginebra y dos licores, uno de menta y otro de guindas, que fue lo único que probé (el de guindas) en dosis minúsculas: tenía que conducir, aunque, llegado el caso, mi mujer, que es alérgica al alcohol, también puede llevarme de vuelta al hogar. Al tiempo que Bokerónglez me gritaba: ya te llamaré, Judit se despedía con una mano mientras con la otra se rascaba el co... los genitales: le picarían por efecto de la pintura. La misma mano con la que preparó los canapés, seguro.
martes, 30 de noviembre de 2010
Marcianos nudistas
El otro día vi un fragmento de la película La guerra de los mundos que dieron por televisión, que no mejora en nada a la primera versión que se hizo, no solo por la debilidad de algunos de sus fundamentos, como la captura de personas para extraerles la sangre (en eso se parece a Matrix, salvando las distancias pues esta sí me parece que es original, aunque adolece de una notable ingenuidad, al menos en la primera de la saga, al basarse en la utilización de los seres humanos como pilas energéticas), sino por el desarrollo general en el que priman los efectos especiales sobre otros elementos que deberían estructurar cualquier película, algo de lo que se peca en las de ciencia ficción. Pero no quiero hacer aquí una crítica detallada, simplemente constatar que los marcianos que aparecen van desnudos, como el protagonista de ET, los selenitas de Los primeros hombres en la Luna, también de H. G. Wells, y otros muchos más extraterrestres de novelas y producciones cinematográficas. Esto, a mi entender, puede deberse a uno o varios de los motivos que paso a enumerar:
1.Que por causa de una evolución social en sus planetas, hayan decidido convertirse en nudistas todos sus habitantes y viajen, así en pelotas, a otros mundos sin importarles el frío que pueda hacer o las miradas de seres extraños y de escasa inteligencia.
2.Que las productoras de cine no dispongan de diseñadores de atuendos apropiados para los extraterrestres en cuestión, porque vestir a un marciano antropomorfo resulta muy fácil, pero cuando veo a uno de estos seres, tan parecido a nosotros, en una película o leo su descripción en una novela, ya me pongo en guardia: ¿ciencia ficción o simple fantasía?, más bien fantasía dado que la probabilidad de que un extraterrestre inteligente posea una anatomía similar a la nuestra es bajísima y, por tanto, poco creíble.
3.Que el autor del libro o del guion pretenda, mediante ese recurso de presentar a sus marcianos desnudos, mostrar cuanto antes su fisionomía sin recurrir a más explicaciones, fotogramas, diálogos acompañados por ingenios de tecnologías del futuro, como proyecciones holográficas, etc.
Quiero pensar que se trata de esto último, pues justificaría, a mi modo de ver, echar mano de técnica tan simple. Incluso cuando se habla de vestimentas que no se perciben por los espectadores, se recurre a cosas como coraza o traje biomecánico, recordemos al extraterrestre capturado por Will Smith en Independence Day, lo que permite apreciar el aspecto físico del intruso sin más que echarle un vistazo, vistazo que para el asistente a la proyección no le lleva más que a una consecuencia: otro ET en pelotas.
Quizá me equivoque, y si sobrevivimos al calentamiento global, a la amenaza nuclear, al terroristmo islamista y otros terrorismos, a las crisis económicas mundiales, en las que solo triunfan los ricos y dan como resultado muchos más pobres que, pronto o tarde, y gracias seguramente a internet y a las redes sociales, se sublevarán originando una revolución planetaria de consecuencias imprevisibles, etc., etc., pues eso, si sobrevivimos, a lo mejor nos transformamos en otra especie nudista, volviendo a la inocencia de un paraíso natural, al amor, a la paz, a la búsqueda de un hermano cósmico en esta u otra galaxia que nos salude algo receloso contemplando nuestras vergüenzas. Porque yo no le daría la mano a un ET de tres metros con un pene que naciera a la altura de mi boca para pender arrastrándose por el suelo. Lo siento, sé que soy escrupuloso. Pido perdón a todos los terrícolas defensores del nudismo, y también a los marcianos que lo practican sin complejos.
1.Que por causa de una evolución social en sus planetas, hayan decidido convertirse en nudistas todos sus habitantes y viajen, así en pelotas, a otros mundos sin importarles el frío que pueda hacer o las miradas de seres extraños y de escasa inteligencia.
2.Que las productoras de cine no dispongan de diseñadores de atuendos apropiados para los extraterrestres en cuestión, porque vestir a un marciano antropomorfo resulta muy fácil, pero cuando veo a uno de estos seres, tan parecido a nosotros, en una película o leo su descripción en una novela, ya me pongo en guardia: ¿ciencia ficción o simple fantasía?, más bien fantasía dado que la probabilidad de que un extraterrestre inteligente posea una anatomía similar a la nuestra es bajísima y, por tanto, poco creíble.
3.Que el autor del libro o del guion pretenda, mediante ese recurso de presentar a sus marcianos desnudos, mostrar cuanto antes su fisionomía sin recurrir a más explicaciones, fotogramas, diálogos acompañados por ingenios de tecnologías del futuro, como proyecciones holográficas, etc.
Quiero pensar que se trata de esto último, pues justificaría, a mi modo de ver, echar mano de técnica tan simple. Incluso cuando se habla de vestimentas que no se perciben por los espectadores, se recurre a cosas como coraza o traje biomecánico, recordemos al extraterrestre capturado por Will Smith en Independence Day, lo que permite apreciar el aspecto físico del intruso sin más que echarle un vistazo, vistazo que para el asistente a la proyección no le lleva más que a una consecuencia: otro ET en pelotas.
Quizá me equivoque, y si sobrevivimos al calentamiento global, a la amenaza nuclear, al terroristmo islamista y otros terrorismos, a las crisis económicas mundiales, en las que solo triunfan los ricos y dan como resultado muchos más pobres que, pronto o tarde, y gracias seguramente a internet y a las redes sociales, se sublevarán originando una revolución planetaria de consecuencias imprevisibles, etc., etc., pues eso, si sobrevivimos, a lo mejor nos transformamos en otra especie nudista, volviendo a la inocencia de un paraíso natural, al amor, a la paz, a la búsqueda de un hermano cósmico en esta u otra galaxia que nos salude algo receloso contemplando nuestras vergüenzas. Porque yo no le daría la mano a un ET de tres metros con un pene que naciera a la altura de mi boca para pender arrastrándose por el suelo. Lo siento, sé que soy escrupuloso. Pido perdón a todos los terrícolas defensores del nudismo, y también a los marcianos que lo practican sin complejos.
viernes, 15 de octubre de 2010
Hormigas
Las invasiones de hormigas nunca son iguales: dependen del año, como el vino. Hace tres, dichos insectos sociales poseían un tamaño minúsculo, difíciles de ver si uno no se fijaba; e inversamente proporcional a sus dimensiones era su número: cientos, miles por todas partes. Claro que también dependerá del punto geográfico en que se viva y de las características de la vivienda, pues en un séptimo piso ubicado en una gran ciudad seguramente no habrá apenas hormigas, todo lo contrario que en una casa unifamiliar en las afueras, próxima al campo. Hace dos, aparecieron unas enormes, y mucho menos numerosas, que de sobra cuadruplicaban en longitud a las más pequeñas. Por lo visto, estas gigantes se dedican a esclavizar a las otras, de modo que trabajen para ellas y las alimenten. Hace uno, encontré en las terrazas multitud de hormigas con alas: las reinas en busca de sitios apropiados para fundar nuevas colonias. Se arrastraban sobre las baldosas como si ya no pudiesen volar después de una diáspora agotadora por el aire, a punto quizá de perder o desprenderse de sus órganos para desplazarse igual que abejas rastreando sus flores preferidas. Inútil la diáspora. No podía permitir que establecieran sus hormigueros dentro de los muros de mi casa entrando por cualquier grieta.
Lo curioso es que las invasiones no suelen repetirse; cada año varían algo: en la especie, en la cantidad, en el color, en el tamaño, etc. Algún agente natural se encarga de controlar la superpoblación, lo que debería hacernos pensar en nuestro problema, el primer problema de la humanidad, que consiste en eso: la superpoblación. En los ochenta se hablaba mucho de ello, pues la explosión demográfica, empezando por China, iba a poner en jaque a todos los ecosistemas del planeta. Ahora parece haberse olvidado: por encima de la supervivencia a largo plazo están los negocios. Los ciudadanos son clientes. Aunque los compradores dispongan de poco dinero, si resulta suficiente para llegar a fin de mes en sus respectivos países, quizá se permitan consumir ciertos productos que enriquecerán aún más a los ricos. Ya se sabe: cientos o miles de millones de pobres, gastándose un euro al mes, generarán cientos o miles de millones de euros para alguna o algunas empresas. Y si las mujeres trabajan, mejor. Y si los inmigrantes trabajan, mejor. El truco consiste en bajar los salarios, de modo que mantener una familia exija la aportación de los miembros de la pareja, o, en el caso de los inmigrantes, la aportación de dos, tres, cinco parejas que viven hacinadas en un piso de 90 metros cuadrados, como mucho. Y que alguien se atreva a criticar, con lo bien que queda lo de combatir la discriminación por razones de sexo, raza, religión, etc. Aunque lo que se critique sea la pérdida del poder adquisitivo de las clases medias: si en los setenta bastaba un sueldo para mantener a una familia, ahora debería seguir bastando. Que trabajan los dos componentes de la pareja, pues mejor, mantendrían dos familias si fuese posible. Pero los ricos son más ricos invirtiendo en las mal llamadas potencias demográficas, en cobrar hipotecas a quien quizá no pueda continuar pagándolas si se produce el colapso, y en despedir a todos los trabajadores que le sobran tras una innovación tecnológica gracias a la cual no podrá absorber a todo el personal.
El problema es la superpoblación, porque en nuestras sociedades no existen factores que la regulen de forma espontánea: rompemos el equilibrio de los ecosistemas, provocamos el cambio climático o, por ejemplo, conseguimos crear un nuevo mar de los sargazos en el océano Pacífico, pero no con algas, sino con bolsas de plástico que varias generaciones de hormigas humanas se han encargado de arrojar como si el planeta azul pudiese digerirlo todo sin dejar rastro. No nos engañemos, las guerras no son la solución para cambiar las tendencias demográficas.
Mientras tanto nos invaden las hormigas, como esa especie argentina que está conquistando Europa, no a base de competir y luchar entre ellas, sino cooperando. Los distintos hormigueros no intentan destruirse entre sí, aunque unas comunidades lleven ya varios años asentadas aquí y otras acaben de instalarse: se reconocen como pertenecientes a una supercomunidad que, para perpetuarse a modo de especie hegemónica, exige más la asociación que el sometimiento. A la larga, las hormigas gigantes y esclavistas están llamadas a desaparecer, mientras que las que colaboran, abandonando prejuicios étnicos propios de todo insecto bien educado desde que era una larva, extenderán sus dominios por el mundo a la espera de su gran oportunidad: que sea inhabitable para los seres humanos.
Lo curioso es que las invasiones no suelen repetirse; cada año varían algo: en la especie, en la cantidad, en el color, en el tamaño, etc. Algún agente natural se encarga de controlar la superpoblación, lo que debería hacernos pensar en nuestro problema, el primer problema de la humanidad, que consiste en eso: la superpoblación. En los ochenta se hablaba mucho de ello, pues la explosión demográfica, empezando por China, iba a poner en jaque a todos los ecosistemas del planeta. Ahora parece haberse olvidado: por encima de la supervivencia a largo plazo están los negocios. Los ciudadanos son clientes. Aunque los compradores dispongan de poco dinero, si resulta suficiente para llegar a fin de mes en sus respectivos países, quizá se permitan consumir ciertos productos que enriquecerán aún más a los ricos. Ya se sabe: cientos o miles de millones de pobres, gastándose un euro al mes, generarán cientos o miles de millones de euros para alguna o algunas empresas. Y si las mujeres trabajan, mejor. Y si los inmigrantes trabajan, mejor. El truco consiste en bajar los salarios, de modo que mantener una familia exija la aportación de los miembros de la pareja, o, en el caso de los inmigrantes, la aportación de dos, tres, cinco parejas que viven hacinadas en un piso de 90 metros cuadrados, como mucho. Y que alguien se atreva a criticar, con lo bien que queda lo de combatir la discriminación por razones de sexo, raza, religión, etc. Aunque lo que se critique sea la pérdida del poder adquisitivo de las clases medias: si en los setenta bastaba un sueldo para mantener a una familia, ahora debería seguir bastando. Que trabajan los dos componentes de la pareja, pues mejor, mantendrían dos familias si fuese posible. Pero los ricos son más ricos invirtiendo en las mal llamadas potencias demográficas, en cobrar hipotecas a quien quizá no pueda continuar pagándolas si se produce el colapso, y en despedir a todos los trabajadores que le sobran tras una innovación tecnológica gracias a la cual no podrá absorber a todo el personal.
El problema es la superpoblación, porque en nuestras sociedades no existen factores que la regulen de forma espontánea: rompemos el equilibrio de los ecosistemas, provocamos el cambio climático o, por ejemplo, conseguimos crear un nuevo mar de los sargazos en el océano Pacífico, pero no con algas, sino con bolsas de plástico que varias generaciones de hormigas humanas se han encargado de arrojar como si el planeta azul pudiese digerirlo todo sin dejar rastro. No nos engañemos, las guerras no son la solución para cambiar las tendencias demográficas.
Mientras tanto nos invaden las hormigas, como esa especie argentina que está conquistando Europa, no a base de competir y luchar entre ellas, sino cooperando. Los distintos hormigueros no intentan destruirse entre sí, aunque unas comunidades lleven ya varios años asentadas aquí y otras acaben de instalarse: se reconocen como pertenecientes a una supercomunidad que, para perpetuarse a modo de especie hegemónica, exige más la asociación que el sometimiento. A la larga, las hormigas gigantes y esclavistas están llamadas a desaparecer, mientras que las que colaboran, abandonando prejuicios étnicos propios de todo insecto bien educado desde que era una larva, extenderán sus dominios por el mundo a la espera de su gran oportunidad: que sea inhabitable para los seres humanos.
viernes, 27 de agosto de 2010
Balconing
El palabro se las trae, pero más se las trae aún el concepto que subyace bajo estas sílabas angloespañolas. Me desagrada que nuestro país se esté convirtiendo en polo de atracción para todo tipo de descerebrados, en su mayor parte jóvenes, venidos de naciones donde no se permite vulnerar su modo de vida, que es como decir el estado de derecho, con la excusa de crear empleo fomentando un turismo de bajísima calidad que, poco a poco, irá desplazando a los visitantes que valoran nuestros monumentos, clima, playas o paisajes en vez de lo barato que resulta el alcohol, lo fácil que es emborracharse en las vías públicas (ejemplo muy edificante para los menores de edad) y molestar al vecindario de turno sin que nada pueda hacerse al respecto. Pero, claro, se empieza por tolerar el botellón, donde prima sobre todas las cosas una especie de salvoconducto otorgado por Baco y repetido sin contención por todos sus acólitos, léase fiesta, y terminamos viendo como normal que un adolescente británico se arroje sobre una piscina desde un tercer piso para completar la noche de alcohol, hachís y/o anfetaminas. ¿Quién gana con esta clase de turismo? Cuatro empresarios y otros tantos concejales, a costa del sueño de trabajadores que no pueden dormir y deben levantarse a las siete de la mañana para contribuir con sus impuestos al pago de subvenciones para algunos de los vividores que los martirizan de noche y a la limpieza del vertedero que tan civilizados individuos (tenemos la juventud mejor preparada de las últimas décadas) construyen en calles y plazas con sus desechos, orinas y vómitos. Sí, balconing, al que yo añadiría pantaning, fuenting, playing, etc. Porque en cualquier embalse le pueden montar al pueblecito más próximo una fiesta, a base de carpas, grupos electrógenos, música a tope, vaya, lo que se dice una macrofiesta con día de inicio pero sin fecha de finalización. Esto es ilegal, como tantos casos similares. ¿Y qué más da? Últimamente parece que vivimos en un estado de no-derecho, pues las autoridades son incapaces de hacer cumplir las normas, de manera que, en estas circunstancias, más valdría suprimir todas las leyes, incluyendo las que integran la constitución, dejando al arbitrio de tribunales ciudadanos los litigios que surjan. No me he vuelto loco: seguro que muchos estarían de acuerdo y, lo que es peor, la mayor parte no notaría la diferencia.
Pero volvamos al balconing. Este pseudodeporte encarna el perfil de los turistas que campean ya por sus respetos aquí, que es donde se les permite, no en sus países de origen, convirtiendo nuestras costas y ciudades más visitadas en lugares odiosos para familias normales y turistas de alto poder adquisitivo que buscarán sitios más baratos y menos fastidiosos, como Croacia, Turquía o, por ejemplo, la República Checa. Porque, además, los precios también se las traen. Y quienes pagan el pato son los españoles que no pueden regresar a la tranquilidad de sus países después de las fiestas y parrandas interminables. Pero siempre nos queda la posibilidad de sumarnos al enemigo, o de dormir en el trabajo (que a lo mejor tampoco se nota mucho) y comer bocadillos, shawarma o un trozo de pizza para no gastarte en una ración de albóndigas lo que debería valer un buen filete de solomillo de ternera. Puestos a elegir, lo ideal sería pasar las vacaciones, si las fechas coinciden, en alguno de los países de donde proceden los balconistas.
Pero volvamos al balconing. Este pseudodeporte encarna el perfil de los turistas que campean ya por sus respetos aquí, que es donde se les permite, no en sus países de origen, convirtiendo nuestras costas y ciudades más visitadas en lugares odiosos para familias normales y turistas de alto poder adquisitivo que buscarán sitios más baratos y menos fastidiosos, como Croacia, Turquía o, por ejemplo, la República Checa. Porque, además, los precios también se las traen. Y quienes pagan el pato son los españoles que no pueden regresar a la tranquilidad de sus países después de las fiestas y parrandas interminables. Pero siempre nos queda la posibilidad de sumarnos al enemigo, o de dormir en el trabajo (que a lo mejor tampoco se nota mucho) y comer bocadillos, shawarma o un trozo de pizza para no gastarte en una ración de albóndigas lo que debería valer un buen filete de solomillo de ternera. Puestos a elegir, lo ideal sería pasar las vacaciones, si las fechas coinciden, en alguno de los países de donde proceden los balconistas.
viernes, 4 de junio de 2010
Profecía final
LAS ÚLTIMAS PROFECÍAS DE FRAY CELSO VALDIVIA (II)
Como ya mencioné en la profecía de fray Celso Valdivia, que hablaba del presente año 2010, su vaticinio final, descrito cerca también de su propio final, se refiere al mes de junio de 2136 basándose en dos hechos. El primero se debe a sus técnicas de predicción, como la tarotmética, que para él son sus musas, y así, descomponiendo en factores el número correspondiente al año, obtenemos: 2136 = 2·2·2·3·89 = 2·3·2·2·89 = 2·3·4·89, donde observamos que en la secuencia (2, 3, 4, 8, 9), faltan el 5, el 6 y el 7, por lo que el monje deduce que los meses más problemáticos han de ser mayo, junio y julio. El segundo se debe a que en el añito en cuestión podemos separar dos grupos de cifras: 213 y 6. Pero sumando las del primer grupo, 2+1+3, nos da 6, por lo que ya encierra dos seises el año, y si escogemos el 6, es decir, junio, de los tres meses de peor agüero que faltaban en la descomposición realizada por Celso Valdivia, se llega a que junio de 2136 representa el número de la bestia al contener tres seises: 666, si aceptamos la interpretación más o menos críptica del monje. Pero ya dije entonces que, con frecuencia, cuando entraba en trance a partir de sus visiones tarotméticas, alcanzaba una especie de comunión espiritual con alguien que vivió o vivirá realmente en ese lugar y tiempo, experimentando los efectos profetizados. No se trata de una posesión, más bien de unirse al alma del sujeto de una manera pasiva: el augur ve por los ojos de su anfitrión corporal, al que no elige voluntariamente, como si una fuerza superior se lo ofreciese, oye por sus oídos, capta sus pensamientos y emociones, pero no piensa por él ni se emociona contagiando la mente y el corazón de ese ser desconocido y, por lo general, remoto en el espacio y en el tiempo. Para haceros una idea, lo mejor es que leáis lo que narra Celso Valdivia tras unirse espiritualmente a un joven que se dirige a su trabajo cierta mañana del mes de junio de 2136. Las aclaraciones o conjeturas que he puesto entre paréntesis son mías.
Cristal perfecto, puertas metálicas, escaleras que se mueven para adentrarse en las entrañas del mundo, tal vez en las cavernas de Satanás, pizarras luminosas donde letras y números fluctúan apareciendo poco antes de que otros números y letras y símbolos irreconocibles los sustituyan. Por fin nos detenemos, ante nosotros una sucesión de carruajes sobre un camino de vigas horizontales, vigas paralelas de hierro que solo Dios sabe adónde conducirán (resulta evidente que se hallan en una estación de metro). Lucho para quitarme de la cabeza el 666, pero yo no soy del todo yo, de forma que el pánico me sacude como un trueno imprevisto: ¿acaso nuestro destino será el infierno? Supongo que no, porque mi anfitrión entra sin manifestar ningún tipo de inquietud. Dentro de aquel carruaje solo hay lo que parecen dos personas: una joven, de aspecto adolescente, y... ¿un hombre de metal? Este individuo, sin otra vestimenta más que su piel dorada, permanece de pie. ¿Un diablo menor o un caballero con su armadura, dispuesto para la batalla? Debe tratarse de esto último, pues los demonios no necesitan armadura y su apariencia será mucho más terrorífica (al monje no se le pasó por la imaginación compararlo con una marioneta sin vida, algo semejante a robot, teniendo en cuenta el siglo en el que vivió el monje).
Transcurren unos quince minutos. Mi anfitrión y la joven se miran y sonríen como nerviosos. El caballero de metal ni se inmuta: ni un solo gesto en su rostro, ni un solo movimiento de sus manos o pies. La puerta del carruaje continúa abierta. De pronto, todas las luces se apagan. Los dos jóvenes se incorporan de un salto, miran a derecha e izquierda, intentando ver qué sucede en los demás carruajes a los que está unido el suyo, con los que se comunican sin ningún tipo de obstáculo.
Los vagones están casi vacíos, comenta mi anfitrión. Todo el tren está prácticamente vacío, murmura ella antes de dirigir sus ojos a una especie de pequeño misal: un misal del futuro con luces y una página de vidrio donde leer los sagrados textos de la liturgia y..., también se apaga de repente. Acaban de anular mi móvil, dice, con cara de disgusto. Eso es grave, voy a comprobar el mío, porque... Mi anfitrión no continúa: por encima de su voz suena otra que no proviene de ningún sitio concreto: Tiempo de espera agotado sin cubrir el veinte por ciento de ocupación a lo largo de tres días consecutivos. Por favor, abandonen el tren y busquen otro medio de transporte.
Me da la impresión de que se han vuelto locos, comenta ella, ¿no crees lo mismo..., cómo te llamas? Celso..., ¡no!, Tomás, ¿por qué habré dicho Celso? Yo, Arial. Qué nombre más raro. Cosas de mi padre, ¿nos bajamos? Sí, y tienes razón, se han vuelto locos: nunca recuperarán el veinte por ciento de ocupación: se va automatizando todo cada vez más y los que hacemos trabajos presenciales, fuera de nuestro domicilio, escaseamos como especímenes exóticos. Tomás, todo esto tiene muy mala pinta. Peor de lo que supones, Arial. Mi anfitrión y su acompañante echan un vistazo al de la armadura dorada mientras abandonan el carruaje, pero el hombre de metal no da muestras de seguirles.
Llegamos a la superficie. En las calles apenas hay gente. Algunos andan titubeantes, como si no supieran adonde ir. Vehículos extraños, sin bestias de tiro, jalonan la calzada, inmóviles, dejando libre un pasillo por el que se desplazan otros, aunque muy escasos. También vemos más hombres de metal, no todos estáticos: los hay que caminan con una agilidad impropia de un caballero enfundado en su armadura. Dos pájaros vuelan en nuestra dirección, quizá para posarse en un árbol próximo, pero no, atraviesan su copa como si fuese insustancial, continuando su vuelo hacia una gran torre, especie de chimenea que culmina en una abertura semejante a la de una trompeta, sobre la que crecen multitud de plantas: arbustivas, herbáceas, enredaderas exhibiendo sus flores. Es un auténtico jardín vertical, donde se posan y desaparecen los pájaros. Y son visibles, aunque más lejos, otras estructuras como aquella. Torres de purificación, leo en la mente de Tomás: purifican el aire de la ciudad, una ciudad constituida por edificios que superan, muchos de ellos, la altura de las catedrales y la robustez de las mayores fortalezas.
Pasamos junto a uno de los árboles fantasmales (holograma, sin duda), encaminándonos hacia el siguiente, pero, segundos antes de llegar, se esfuma quedando un tocón metálico desde el que parte un tubo que se remata, a diez metros aproximadamente, con algo semejante a una corona de metal y vidrios multicolores. Mi anfitrión y Arial se paran de golpe. ¿Has visto, Tomás? Sí, esto es el apagón absoluto, responde, mientras percibo su desasosiego. Se han desvanecido todos los árboles fantasmales, una gran cantidad de vehículos y hombres metálicos acaban de detenerse y el silencio solo es interrumpido por el piar de las aves en busca de las torres donde anidan. Algunos transeúntes caen al suelo, dando la sensación de que agonizan, otros, tras interrumpir sus trayectos, permanecen indecisos, como si no se atrevieran a continuar hacia los lugares a los que se dirigían. Acompáñame, Javier, ahí vivo yo, le dice Arial, señalando a la entrada de uno de los edificios colosales, rascacielos, según se plasma en la mente de mi anfitrión. Rascacielos, jamás imaginé que pudieran emplear un término blasfemo para ponerle nombre a un producto de la arquitectura. Tal vez lo que les está pasando se debe a irreverencias como esa, ¿acaso no conocen las sagradas escrituras?, ¿olvidaron ya lo acaecido en Babel?
Después de entrar, deben subir diez tramos de escalera con treinta peldaños cada uno, trescientos escalones en total que los dejan agotados. Compadezco a quienes vivan en las plantas superiores, musita, entre jadeos, mi anfitrión. Sí, cuando un ascensor falla no está más de dos horas fuera de servicio, pero ahora han fallado todos y quién sabe si los repararán alguna vez. Igual que en mi casa, asiente con la cabeza Tomás. Como en todas partes, supongo, porque hasta los ricos los instalan en sus mansiones unifamiliares, dice Arial antes de acceder a su vivienda, que ella llama estudio, sin habitaciones separadas, ni división clara entre cocina y comedor. Todo es triste y penumbroso en aquel día nublado. A través de un ventanal que abarca casi toda una pared puede verse la calle, el edificio de enfrente, y los pájaros que suben y bajan y... los hay que parecen artificiales, como si fueran muñecos con plumas de seda y ojos con incrustaciones de zafiros y esmeraldas. Qué futuro tan siniestro.
No vamos a poder sobrevivir, ¿verdad, Tomás?, le pregunta la joven mientras toman asiento. No lo sé. Pero, si se interrumpen los suministros, el abastecimiento de agua y luz, el transporte desde huertas o granjas donde se producen los alimentos que se consumen en las ciudades, aunque tuviéramos saldo en nuestras cuentas, moriremos. Quizá alguien haga algo para evitar la extinción... ¿Quién va a hacerlo, Tomás?, ¿recuerdas cómo se protestó cuando decidieron cambiar en las leyes el término ciudadano por el de cliente? Lo recuerdo: las manifestaciones no sirvieron de gran cosa. El sesenta por ciento de la población activa trabaja en sus domicilios, pero estos trabajos son discontinuos, hasta el punto de que muchos meses el desempleo se aproxima al cincuenta por ciento en ese colectivo, y en cuanto a nosotros, los presenciales, estarás al corriente... Por supuesto: el paro alcanza al setenta y cinco por ciento, más o menos. Para que el sistema funcione hay que mantener el consumo, pero si la gente no tiene dinero para consumir porque carece de trabajo... Habría que pagarles a los robots y que ellos nos lo dieran a nosotros. Los robots son los esclavos perfectos, y las empresas propietarias o dueños particulares nunca accederían a tal propuesta: se embolsarían ese dinero antes de que llegara a ociosos clientes.
Suena un zumbido y, a la par, se enciende una luz fría de color rojo que parpadea como una estrella de sangre sobre un pequeño cuadro que hay en la cocina. Arial, levantándose, se acerca al artilugio y dice en voz alta: imagen. Como no sucede nada, le comenta a Tomás: increíble, el sistema interno tampoco funciona correctamente, vamos a ver si con una secuencia táctil... Roza con las yemas de los dedos un rectángulo de vidrio que existe dentro del cuadro. La puerta de la casa se abre de manera tan silenciosa que me sorprende (lógico que sorprenda al monje, observador desde los ojos de Tomás a varios siglos de distancia). Tras la apertura, entra una mujer de unos cincuenta años, con cabello compuesto por virutas, se diría, de cobre, ojos de cristal de un amarillo intenso y... ¡una mano de metal!, muy parecida a los apéndices de esos caballeros que llaman robots. ¿Llegan las brujas para allanar el camino a su amo? ¿Preparan el advenimiento de Satanás embaucando a estos inocentes jóvenes que le abren la puerta?
Hola, Arial, mi marido está agonizando. ¿Qué me dices, Poppy? Desde que su implante de realidad virtual dejó de ser operativo, desconectándolo de paso de Internet, parece que estuviera en coma. No me extraña, interviene mi anfitrión, y como él deben estar millones de clientes, yo me he salvado porque no uso ni siquiera lentillas de acceso, tan solo gafas... ¿Es tu novio?, pregunta Poppy. No, un amigo que encontré en el metro: se llama Tomás. Encantada, Tomás..., como te explicaba, Arial, creo que se muere por culpa del apagón, y, para colmo, llevamos cinco días sin poder comprar alimentos: ayer consumimos lo último que nos quedaba, ¿no tendrás, a falta de nada mejor, unas cápsulas de nutrientes equilibrados con las que sobrevivir hasta que esto se arregle? Tengo dos botellas de agua mineral, un quilo de setas trepatorres y un bote de arañas transgénicas en salsa de soja.
¡Arañas!, ¿acaso aquella joven también pertenece al gremio de las servidoras del diablo? ¿Qué poderes otorgaría una pócima con aquel ingrediente arácnido, ingrediente, por cierto, repulsivo para cualquier cristiano? Animales impuros y terroríficos como las tarántulas tal vez alarguen la vida de las brujas, pero hechizarán a los feligreses de nuestras parroquias sumiéndolos en pesadillas cuyo desenlace será la tumba. Por incomprensible que parezca, a Poppy se le abren los ojos en señal de avidez ante la perspectiva del hambre satisfecha. Pues si no te importa compartir tu bebida y tus víveres con nosotros, cógelos y vamos a mi apartamento: a lo mejor todavía podemos salvar a mi marido.
La casa de la bruja es algo mayor que la de Arial, con dos habitaciones independientes. Fijaos en el estado en que se encuentra Héctor: aunque no ha llegado a cerrar los párpados, no responde a ningún estímulo. El hombre yace en una especie de diván, inmóvil, con la cabeza ladeada hacia el ventanal que da a la calle, pero como si no mirase, extraviado por los encantamientos de su mujer, sin duda. Tengo que ir al servicio, manifiesta mi anfitrión. Está un poco sucio porque no hay agua corriente. No te preocupes, Poppy. Lo que denominan servicio es un cuarto en el que uno se puede lavar y hacer sus necesidades gracias a instalaciones, artilugios y sustancias de un lujo desmedido, claro que comparto el cuerpo de un joven del siglo XXII, alguien que desconocerá los rigores de la celda de un monasterio del siglo XV. A pesar de tan moderno habitáculo, el hedor resulta insoportable: se ven manchas de orina y excrementos tanto en el suelo como en el receptáculo donde Tomás vacía su vejiga. A buen seguro que la bruja conducirá a su esposo Héctor hasta allí para que, aun en ese estado de trance que llaman coma, lleve a cabo sus deyecciones. Cuando mi anfitrión sale por la puerta que no cerró, pues no hay luz en el cuarto, vemos a Poppy devorando unas enormes arañas de color granate que saca del bote que Arial le ha entregado. Incluso se chupa los dedos, una vez que el bicho desaparece en su boca, para aprovechar hasta la última gota de una salsa oscura en la que están bañados. Repugnante.
En ese momento, otro joven de edad parecida a la de Tomás, entra en la casa. ¡Mamá!, se dirige a Poppy gritando, ¡hay que sumarse a la manifestación! ¿Qué manifestación?, preguntan al unísono la bruja y Arial. La que ha organizado toda la clientela mundial en las mayores ciudades. ¿Para exigir la reanudación de los suministros y que se reconozca de nuevo a la humanidad la condición de ciudadanía en vez de clientela? No: la gente no puede vivir desconectada de todo, en especial de Internet. A mí apenas me afecta, explica mi anfitrión, no utilizo implantes ni lentillas, únicamente gafas de realidad virtual que me ponía un par de horas después del trabajo. Igual que yo, pero la mayor parte de los clientes no trabajan, llevan varios días sin ingerir alimentos, de modo que les queda únicamente Internet para morir de inanición en condiciones dignas. ¿Morir?, musita Arial. Hace años que este mundo pertenece a las máquinas, a sistemas tecnológicos que los ricos, los clientes de máxima categoría, creen controlar sin que sea del todo cierto. Hasta las decisiones se ejecutan a través del programa autónomo GLOBAL.$, que con frecuencia hace variaciones modificando las órdenes recibidas. Su madre, chupándose bien los dedos después de tragar otra araña, interviene para decir: pero, si la gente está desconectada, ¿cómo se va a realizar la convocatoria? Pues como lo estoy haciendo yo: a través del boca a boca. ¿No te has dado cuenta, mamá, de que la manifestación ya ha comenzado? ¿Es que va a pasar por esta avenida? ¡Asomaos todos al ventanal! Poppy, Arial y Tomás, se aproximan a la cristalera para contemplar la calle. El hijo de esta última tiene razón: la calzada, antes casi vacía, se ha convertido en un lento río de personas que avanzan tambaleantes, muchas cabizbajas, como si se dejasen llevar por la corriente de individuos que gritan algo inaudible desde la altura a la que se encuentran los congregados ante el vidrio. Tenemos que unirnos a ellos, dice, casi ordena, el vástago de la bruja desde detrás de mi anfitrión. Está bien, aunque no sirva para nada, yo me apunto, acepta Tomás observando cómo las dos mujeres asienten, después de todo no tengo nada mejor que hacer.
Bajamos las interminables escaleras para incorporarnos a la riada humana, dejando a Héctor exangüe sobre su diván. Sumidos ya en la corriente se perciben muy bien los gritos: In-ter-net, queremos Internet, In-ter-net, In-ter-net, queremos Internet, In-ter-net, al menos Internet, In-ter-net, In-ter-net... Muchos abren la boca, pero solo balbucean de modo ininteligble o se limitan a expulsar bocanadas de aire sin ninguna modulación, las últimas ráfagas de un aliento que se debilita. Arial bebe de una botella, Poppy sigue tragando arañas del bote que ha bajado, su hijo mastica una seta trepatorres cruda que recuerda a un pequeño capitel corintio de pulpa rosácea con pintas de color turquesa, y mi anfitrión bebe de la otra botella. Entre sorbo y sorbo, o después de ingerir el último bocado, también chillan, chillan como los más enérgicos participantes en la patética riada, posiblemente porque las fuerzas aún no les han abandonado. Pienso en el marido de la bruja, moribundo y solo allá arriba, presa de una maldición, de una magia que no sé neutralizar: sufro por ello: tan solo me es posible pedir al Señor que lo libere. Rezo por su alma mientras ellos gritan.
In-ter-net, In-ter-net, In-ter-net. Queremos Internet. Al menos Internet. In-ter-net, In ter-net...
Un anciano, con trenzas que le llegan hasta la cintura, se acerca enseñándonos unos carteles de papel. Ayudadme a pegarlos en aquel escaparate, dice mientras señala a una gran lámina de vidrio detrás de la cual se exhiben, entre otros objetos, dos caballeros de metal completamente inmóviles. Javier lee lo que ponen los carteles: GOBERNANTES DIMISIÓN. PROGRAMADORES: DESTRUID GLOBAL.$ O IREMOS A POR VOSOTROS. De acuerdo, murmura mi anfitrión, te echaremos una mano. Sí, se inmiscuye Arial, aunque sirva para poco. No servirá para nada, asume el anciano, pero dejaremos nuestra queja como último testimonio de una mínima resistencia antes de la extinción.
De pronto, en las aceras resucitan los árboles fantasmales en una eclosión que embellece con luces y colores toda la calle. También se iluminan multitud de ventanas en los edificios. Algunos de los más tambaleantes recuperan un paso normal: sus ojos brillan como si hubiera regresado la vida a sus cuerpos. Pero otros, incapaces de soportar el ansiado estímulo, caen al suelo donde agonizan junto a muchos que ya se han desplomado antes: aquellos que la corriente humana pisotea sin reparar en tales bultos desparramados.
In-ter... ¡Aleluya! Aleluya, aleluya... Ha vuelto la conexión. Aleluya. Demos gracias a nuestros queridos gobernantes y a GLOBAL.$. Aleluya.
Aquel grito unánime va dirigido al cielo, a las nubes que empiezan a desprender una lluvia cálida, a las torres de jardines verticales donde, por lo visto, trepan una especie de capiteles corintios de carne rosa. Insensatos, blasfemos: solo Dios merece el agradecimiento de justos y pecadores, porque habrán pecado para padecer los males que padecen, para morir de inanición o desplomarse sobre la calzada en una agonía silenciosa pero irreversible. ¿Cuántos? ¿Miles, millones de clientes pisoteados por otros clientes?
Aleluya, aleluya, el fin de los tiempos se acerca para liberarnos de toda preocupación. Aleluya.
Concluido este relato, donde fray Celso Valdivida asiste a una situación futura viendo el principio de una hecatombe mundial por los ojos de ese Tomás del siglo XXII, el monje, como suele acostumbrar, haya compartido o no el cuerpo de una persona ajena a dicha comunión, resume en unos versos todo lo experimentado para que sirva de advertencia a quienes lean su manuscrito, versos que, al igual que ocurre con el texto anterior, he procurado transcribir de modo que sean bien inteligibles para lectores que no se molestarían en perder unas horas con el objeto de convertirlos en castellano actual. He de añadir que, en el relato de sus vivencias, hay párrafos enteros en latín: otra dificultad más a la tuve que enfrentarme. Bueno, ahí va la estrofa:
El día de la bestia ya ha llegado:
agonizan justos y pecadores.
Demonios de metal hoy se apoderan
de palacios, de calles, de un futuro
que desprecia las almas del Señor.
En procesión los últimos valientes,
una Santa Compaña que convoca
a todo moribundo, a todo vivo
para caer alzando su protesta.
Y aleluya dirán mientras fallecen
si Satanás alivia sus dolores
con hechizos uniendo sus miserias
en la consolación de los estúpidos.
Para finalizar, anuncio que más adelante hablaré del manuscrito de fray Celso Valdivia, de cómo me hice con él y del uso de alguna técnica tarotmética que se menciona en el libro.
Como ya mencioné en la profecía de fray Celso Valdivia, que hablaba del presente año 2010, su vaticinio final, descrito cerca también de su propio final, se refiere al mes de junio de 2136 basándose en dos hechos. El primero se debe a sus técnicas de predicción, como la tarotmética, que para él son sus musas, y así, descomponiendo en factores el número correspondiente al año, obtenemos: 2136 = 2·2·2·3·89 = 2·3·2·2·89 = 2·3·4·89, donde observamos que en la secuencia (2, 3, 4, 8, 9), faltan el 5, el 6 y el 7, por lo que el monje deduce que los meses más problemáticos han de ser mayo, junio y julio. El segundo se debe a que en el añito en cuestión podemos separar dos grupos de cifras: 213 y 6. Pero sumando las del primer grupo, 2+1+3, nos da 6, por lo que ya encierra dos seises el año, y si escogemos el 6, es decir, junio, de los tres meses de peor agüero que faltaban en la descomposición realizada por Celso Valdivia, se llega a que junio de 2136 representa el número de la bestia al contener tres seises: 666, si aceptamos la interpretación más o menos críptica del monje. Pero ya dije entonces que, con frecuencia, cuando entraba en trance a partir de sus visiones tarotméticas, alcanzaba una especie de comunión espiritual con alguien que vivió o vivirá realmente en ese lugar y tiempo, experimentando los efectos profetizados. No se trata de una posesión, más bien de unirse al alma del sujeto de una manera pasiva: el augur ve por los ojos de su anfitrión corporal, al que no elige voluntariamente, como si una fuerza superior se lo ofreciese, oye por sus oídos, capta sus pensamientos y emociones, pero no piensa por él ni se emociona contagiando la mente y el corazón de ese ser desconocido y, por lo general, remoto en el espacio y en el tiempo. Para haceros una idea, lo mejor es que leáis lo que narra Celso Valdivia tras unirse espiritualmente a un joven que se dirige a su trabajo cierta mañana del mes de junio de 2136. Las aclaraciones o conjeturas que he puesto entre paréntesis son mías.
Cristal perfecto, puertas metálicas, escaleras que se mueven para adentrarse en las entrañas del mundo, tal vez en las cavernas de Satanás, pizarras luminosas donde letras y números fluctúan apareciendo poco antes de que otros números y letras y símbolos irreconocibles los sustituyan. Por fin nos detenemos, ante nosotros una sucesión de carruajes sobre un camino de vigas horizontales, vigas paralelas de hierro que solo Dios sabe adónde conducirán (resulta evidente que se hallan en una estación de metro). Lucho para quitarme de la cabeza el 666, pero yo no soy del todo yo, de forma que el pánico me sacude como un trueno imprevisto: ¿acaso nuestro destino será el infierno? Supongo que no, porque mi anfitrión entra sin manifestar ningún tipo de inquietud. Dentro de aquel carruaje solo hay lo que parecen dos personas: una joven, de aspecto adolescente, y... ¿un hombre de metal? Este individuo, sin otra vestimenta más que su piel dorada, permanece de pie. ¿Un diablo menor o un caballero con su armadura, dispuesto para la batalla? Debe tratarse de esto último, pues los demonios no necesitan armadura y su apariencia será mucho más terrorífica (al monje no se le pasó por la imaginación compararlo con una marioneta sin vida, algo semejante a robot, teniendo en cuenta el siglo en el que vivió el monje).
Transcurren unos quince minutos. Mi anfitrión y la joven se miran y sonríen como nerviosos. El caballero de metal ni se inmuta: ni un solo gesto en su rostro, ni un solo movimiento de sus manos o pies. La puerta del carruaje continúa abierta. De pronto, todas las luces se apagan. Los dos jóvenes se incorporan de un salto, miran a derecha e izquierda, intentando ver qué sucede en los demás carruajes a los que está unido el suyo, con los que se comunican sin ningún tipo de obstáculo.
Los vagones están casi vacíos, comenta mi anfitrión. Todo el tren está prácticamente vacío, murmura ella antes de dirigir sus ojos a una especie de pequeño misal: un misal del futuro con luces y una página de vidrio donde leer los sagrados textos de la liturgia y..., también se apaga de repente. Acaban de anular mi móvil, dice, con cara de disgusto. Eso es grave, voy a comprobar el mío, porque... Mi anfitrión no continúa: por encima de su voz suena otra que no proviene de ningún sitio concreto: Tiempo de espera agotado sin cubrir el veinte por ciento de ocupación a lo largo de tres días consecutivos. Por favor, abandonen el tren y busquen otro medio de transporte.
Me da la impresión de que se han vuelto locos, comenta ella, ¿no crees lo mismo..., cómo te llamas? Celso..., ¡no!, Tomás, ¿por qué habré dicho Celso? Yo, Arial. Qué nombre más raro. Cosas de mi padre, ¿nos bajamos? Sí, y tienes razón, se han vuelto locos: nunca recuperarán el veinte por ciento de ocupación: se va automatizando todo cada vez más y los que hacemos trabajos presenciales, fuera de nuestro domicilio, escaseamos como especímenes exóticos. Tomás, todo esto tiene muy mala pinta. Peor de lo que supones, Arial. Mi anfitrión y su acompañante echan un vistazo al de la armadura dorada mientras abandonan el carruaje, pero el hombre de metal no da muestras de seguirles.
Llegamos a la superficie. En las calles apenas hay gente. Algunos andan titubeantes, como si no supieran adonde ir. Vehículos extraños, sin bestias de tiro, jalonan la calzada, inmóviles, dejando libre un pasillo por el que se desplazan otros, aunque muy escasos. También vemos más hombres de metal, no todos estáticos: los hay que caminan con una agilidad impropia de un caballero enfundado en su armadura. Dos pájaros vuelan en nuestra dirección, quizá para posarse en un árbol próximo, pero no, atraviesan su copa como si fuese insustancial, continuando su vuelo hacia una gran torre, especie de chimenea que culmina en una abertura semejante a la de una trompeta, sobre la que crecen multitud de plantas: arbustivas, herbáceas, enredaderas exhibiendo sus flores. Es un auténtico jardín vertical, donde se posan y desaparecen los pájaros. Y son visibles, aunque más lejos, otras estructuras como aquella. Torres de purificación, leo en la mente de Tomás: purifican el aire de la ciudad, una ciudad constituida por edificios que superan, muchos de ellos, la altura de las catedrales y la robustez de las mayores fortalezas.
Pasamos junto a uno de los árboles fantasmales (holograma, sin duda), encaminándonos hacia el siguiente, pero, segundos antes de llegar, se esfuma quedando un tocón metálico desde el que parte un tubo que se remata, a diez metros aproximadamente, con algo semejante a una corona de metal y vidrios multicolores. Mi anfitrión y Arial se paran de golpe. ¿Has visto, Tomás? Sí, esto es el apagón absoluto, responde, mientras percibo su desasosiego. Se han desvanecido todos los árboles fantasmales, una gran cantidad de vehículos y hombres metálicos acaban de detenerse y el silencio solo es interrumpido por el piar de las aves en busca de las torres donde anidan. Algunos transeúntes caen al suelo, dando la sensación de que agonizan, otros, tras interrumpir sus trayectos, permanecen indecisos, como si no se atrevieran a continuar hacia los lugares a los que se dirigían. Acompáñame, Javier, ahí vivo yo, le dice Arial, señalando a la entrada de uno de los edificios colosales, rascacielos, según se plasma en la mente de mi anfitrión. Rascacielos, jamás imaginé que pudieran emplear un término blasfemo para ponerle nombre a un producto de la arquitectura. Tal vez lo que les está pasando se debe a irreverencias como esa, ¿acaso no conocen las sagradas escrituras?, ¿olvidaron ya lo acaecido en Babel?
Después de entrar, deben subir diez tramos de escalera con treinta peldaños cada uno, trescientos escalones en total que los dejan agotados. Compadezco a quienes vivan en las plantas superiores, musita, entre jadeos, mi anfitrión. Sí, cuando un ascensor falla no está más de dos horas fuera de servicio, pero ahora han fallado todos y quién sabe si los repararán alguna vez. Igual que en mi casa, asiente con la cabeza Tomás. Como en todas partes, supongo, porque hasta los ricos los instalan en sus mansiones unifamiliares, dice Arial antes de acceder a su vivienda, que ella llama estudio, sin habitaciones separadas, ni división clara entre cocina y comedor. Todo es triste y penumbroso en aquel día nublado. A través de un ventanal que abarca casi toda una pared puede verse la calle, el edificio de enfrente, y los pájaros que suben y bajan y... los hay que parecen artificiales, como si fueran muñecos con plumas de seda y ojos con incrustaciones de zafiros y esmeraldas. Qué futuro tan siniestro.
No vamos a poder sobrevivir, ¿verdad, Tomás?, le pregunta la joven mientras toman asiento. No lo sé. Pero, si se interrumpen los suministros, el abastecimiento de agua y luz, el transporte desde huertas o granjas donde se producen los alimentos que se consumen en las ciudades, aunque tuviéramos saldo en nuestras cuentas, moriremos. Quizá alguien haga algo para evitar la extinción... ¿Quién va a hacerlo, Tomás?, ¿recuerdas cómo se protestó cuando decidieron cambiar en las leyes el término ciudadano por el de cliente? Lo recuerdo: las manifestaciones no sirvieron de gran cosa. El sesenta por ciento de la población activa trabaja en sus domicilios, pero estos trabajos son discontinuos, hasta el punto de que muchos meses el desempleo se aproxima al cincuenta por ciento en ese colectivo, y en cuanto a nosotros, los presenciales, estarás al corriente... Por supuesto: el paro alcanza al setenta y cinco por ciento, más o menos. Para que el sistema funcione hay que mantener el consumo, pero si la gente no tiene dinero para consumir porque carece de trabajo... Habría que pagarles a los robots y que ellos nos lo dieran a nosotros. Los robots son los esclavos perfectos, y las empresas propietarias o dueños particulares nunca accederían a tal propuesta: se embolsarían ese dinero antes de que llegara a ociosos clientes.
Suena un zumbido y, a la par, se enciende una luz fría de color rojo que parpadea como una estrella de sangre sobre un pequeño cuadro que hay en la cocina. Arial, levantándose, se acerca al artilugio y dice en voz alta: imagen. Como no sucede nada, le comenta a Tomás: increíble, el sistema interno tampoco funciona correctamente, vamos a ver si con una secuencia táctil... Roza con las yemas de los dedos un rectángulo de vidrio que existe dentro del cuadro. La puerta de la casa se abre de manera tan silenciosa que me sorprende (lógico que sorprenda al monje, observador desde los ojos de Tomás a varios siglos de distancia). Tras la apertura, entra una mujer de unos cincuenta años, con cabello compuesto por virutas, se diría, de cobre, ojos de cristal de un amarillo intenso y... ¡una mano de metal!, muy parecida a los apéndices de esos caballeros que llaman robots. ¿Llegan las brujas para allanar el camino a su amo? ¿Preparan el advenimiento de Satanás embaucando a estos inocentes jóvenes que le abren la puerta?
Hola, Arial, mi marido está agonizando. ¿Qué me dices, Poppy? Desde que su implante de realidad virtual dejó de ser operativo, desconectándolo de paso de Internet, parece que estuviera en coma. No me extraña, interviene mi anfitrión, y como él deben estar millones de clientes, yo me he salvado porque no uso ni siquiera lentillas de acceso, tan solo gafas... ¿Es tu novio?, pregunta Poppy. No, un amigo que encontré en el metro: se llama Tomás. Encantada, Tomás..., como te explicaba, Arial, creo que se muere por culpa del apagón, y, para colmo, llevamos cinco días sin poder comprar alimentos: ayer consumimos lo último que nos quedaba, ¿no tendrás, a falta de nada mejor, unas cápsulas de nutrientes equilibrados con las que sobrevivir hasta que esto se arregle? Tengo dos botellas de agua mineral, un quilo de setas trepatorres y un bote de arañas transgénicas en salsa de soja.
¡Arañas!, ¿acaso aquella joven también pertenece al gremio de las servidoras del diablo? ¿Qué poderes otorgaría una pócima con aquel ingrediente arácnido, ingrediente, por cierto, repulsivo para cualquier cristiano? Animales impuros y terroríficos como las tarántulas tal vez alarguen la vida de las brujas, pero hechizarán a los feligreses de nuestras parroquias sumiéndolos en pesadillas cuyo desenlace será la tumba. Por incomprensible que parezca, a Poppy se le abren los ojos en señal de avidez ante la perspectiva del hambre satisfecha. Pues si no te importa compartir tu bebida y tus víveres con nosotros, cógelos y vamos a mi apartamento: a lo mejor todavía podemos salvar a mi marido.
La casa de la bruja es algo mayor que la de Arial, con dos habitaciones independientes. Fijaos en el estado en que se encuentra Héctor: aunque no ha llegado a cerrar los párpados, no responde a ningún estímulo. El hombre yace en una especie de diván, inmóvil, con la cabeza ladeada hacia el ventanal que da a la calle, pero como si no mirase, extraviado por los encantamientos de su mujer, sin duda. Tengo que ir al servicio, manifiesta mi anfitrión. Está un poco sucio porque no hay agua corriente. No te preocupes, Poppy. Lo que denominan servicio es un cuarto en el que uno se puede lavar y hacer sus necesidades gracias a instalaciones, artilugios y sustancias de un lujo desmedido, claro que comparto el cuerpo de un joven del siglo XXII, alguien que desconocerá los rigores de la celda de un monasterio del siglo XV. A pesar de tan moderno habitáculo, el hedor resulta insoportable: se ven manchas de orina y excrementos tanto en el suelo como en el receptáculo donde Tomás vacía su vejiga. A buen seguro que la bruja conducirá a su esposo Héctor hasta allí para que, aun en ese estado de trance que llaman coma, lleve a cabo sus deyecciones. Cuando mi anfitrión sale por la puerta que no cerró, pues no hay luz en el cuarto, vemos a Poppy devorando unas enormes arañas de color granate que saca del bote que Arial le ha entregado. Incluso se chupa los dedos, una vez que el bicho desaparece en su boca, para aprovechar hasta la última gota de una salsa oscura en la que están bañados. Repugnante.
En ese momento, otro joven de edad parecida a la de Tomás, entra en la casa. ¡Mamá!, se dirige a Poppy gritando, ¡hay que sumarse a la manifestación! ¿Qué manifestación?, preguntan al unísono la bruja y Arial. La que ha organizado toda la clientela mundial en las mayores ciudades. ¿Para exigir la reanudación de los suministros y que se reconozca de nuevo a la humanidad la condición de ciudadanía en vez de clientela? No: la gente no puede vivir desconectada de todo, en especial de Internet. A mí apenas me afecta, explica mi anfitrión, no utilizo implantes ni lentillas, únicamente gafas de realidad virtual que me ponía un par de horas después del trabajo. Igual que yo, pero la mayor parte de los clientes no trabajan, llevan varios días sin ingerir alimentos, de modo que les queda únicamente Internet para morir de inanición en condiciones dignas. ¿Morir?, musita Arial. Hace años que este mundo pertenece a las máquinas, a sistemas tecnológicos que los ricos, los clientes de máxima categoría, creen controlar sin que sea del todo cierto. Hasta las decisiones se ejecutan a través del programa autónomo GLOBAL.$, que con frecuencia hace variaciones modificando las órdenes recibidas. Su madre, chupándose bien los dedos después de tragar otra araña, interviene para decir: pero, si la gente está desconectada, ¿cómo se va a realizar la convocatoria? Pues como lo estoy haciendo yo: a través del boca a boca. ¿No te has dado cuenta, mamá, de que la manifestación ya ha comenzado? ¿Es que va a pasar por esta avenida? ¡Asomaos todos al ventanal! Poppy, Arial y Tomás, se aproximan a la cristalera para contemplar la calle. El hijo de esta última tiene razón: la calzada, antes casi vacía, se ha convertido en un lento río de personas que avanzan tambaleantes, muchas cabizbajas, como si se dejasen llevar por la corriente de individuos que gritan algo inaudible desde la altura a la que se encuentran los congregados ante el vidrio. Tenemos que unirnos a ellos, dice, casi ordena, el vástago de la bruja desde detrás de mi anfitrión. Está bien, aunque no sirva para nada, yo me apunto, acepta Tomás observando cómo las dos mujeres asienten, después de todo no tengo nada mejor que hacer.
Bajamos las interminables escaleras para incorporarnos a la riada humana, dejando a Héctor exangüe sobre su diván. Sumidos ya en la corriente se perciben muy bien los gritos: In-ter-net, queremos Internet, In-ter-net, In-ter-net, queremos Internet, In-ter-net, al menos Internet, In-ter-net, In-ter-net... Muchos abren la boca, pero solo balbucean de modo ininteligble o se limitan a expulsar bocanadas de aire sin ninguna modulación, las últimas ráfagas de un aliento que se debilita. Arial bebe de una botella, Poppy sigue tragando arañas del bote que ha bajado, su hijo mastica una seta trepatorres cruda que recuerda a un pequeño capitel corintio de pulpa rosácea con pintas de color turquesa, y mi anfitrión bebe de la otra botella. Entre sorbo y sorbo, o después de ingerir el último bocado, también chillan, chillan como los más enérgicos participantes en la patética riada, posiblemente porque las fuerzas aún no les han abandonado. Pienso en el marido de la bruja, moribundo y solo allá arriba, presa de una maldición, de una magia que no sé neutralizar: sufro por ello: tan solo me es posible pedir al Señor que lo libere. Rezo por su alma mientras ellos gritan.
In-ter-net, In-ter-net, In-ter-net. Queremos Internet. Al menos Internet. In-ter-net, In ter-net...
Un anciano, con trenzas que le llegan hasta la cintura, se acerca enseñándonos unos carteles de papel. Ayudadme a pegarlos en aquel escaparate, dice mientras señala a una gran lámina de vidrio detrás de la cual se exhiben, entre otros objetos, dos caballeros de metal completamente inmóviles. Javier lee lo que ponen los carteles: GOBERNANTES DIMISIÓN. PROGRAMADORES: DESTRUID GLOBAL.$ O IREMOS A POR VOSOTROS. De acuerdo, murmura mi anfitrión, te echaremos una mano. Sí, se inmiscuye Arial, aunque sirva para poco. No servirá para nada, asume el anciano, pero dejaremos nuestra queja como último testimonio de una mínima resistencia antes de la extinción.
De pronto, en las aceras resucitan los árboles fantasmales en una eclosión que embellece con luces y colores toda la calle. También se iluminan multitud de ventanas en los edificios. Algunos de los más tambaleantes recuperan un paso normal: sus ojos brillan como si hubiera regresado la vida a sus cuerpos. Pero otros, incapaces de soportar el ansiado estímulo, caen al suelo donde agonizan junto a muchos que ya se han desplomado antes: aquellos que la corriente humana pisotea sin reparar en tales bultos desparramados.
In-ter... ¡Aleluya! Aleluya, aleluya... Ha vuelto la conexión. Aleluya. Demos gracias a nuestros queridos gobernantes y a GLOBAL.$. Aleluya.
Aquel grito unánime va dirigido al cielo, a las nubes que empiezan a desprender una lluvia cálida, a las torres de jardines verticales donde, por lo visto, trepan una especie de capiteles corintios de carne rosa. Insensatos, blasfemos: solo Dios merece el agradecimiento de justos y pecadores, porque habrán pecado para padecer los males que padecen, para morir de inanición o desplomarse sobre la calzada en una agonía silenciosa pero irreversible. ¿Cuántos? ¿Miles, millones de clientes pisoteados por otros clientes?
Aleluya, aleluya, el fin de los tiempos se acerca para liberarnos de toda preocupación. Aleluya.
Concluido este relato, donde fray Celso Valdivida asiste a una situación futura viendo el principio de una hecatombe mundial por los ojos de ese Tomás del siglo XXII, el monje, como suele acostumbrar, haya compartido o no el cuerpo de una persona ajena a dicha comunión, resume en unos versos todo lo experimentado para que sirva de advertencia a quienes lean su manuscrito, versos que, al igual que ocurre con el texto anterior, he procurado transcribir de modo que sean bien inteligibles para lectores que no se molestarían en perder unas horas con el objeto de convertirlos en castellano actual. He de añadir que, en el relato de sus vivencias, hay párrafos enteros en latín: otra dificultad más a la tuve que enfrentarme. Bueno, ahí va la estrofa:
El día de la bestia ya ha llegado:
agonizan justos y pecadores.
Demonios de metal hoy se apoderan
de palacios, de calles, de un futuro
que desprecia las almas del Señor.
En procesión los últimos valientes,
una Santa Compaña que convoca
a todo moribundo, a todo vivo
para caer alzando su protesta.
Y aleluya dirán mientras fallecen
si Satanás alivia sus dolores
con hechizos uniendo sus miserias
en la consolación de los estúpidos.
Para finalizar, anuncio que más adelante hablaré del manuscrito de fray Celso Valdivia, de cómo me hice con él y del uso de alguna técnica tarotmética que se menciona en el libro.
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